La aventura de la cita a ciegas

Tinder, Happn, Facebook… y muchas más. Todas son útiles: algunas imágenes orientadoras, contactos previos y algunos intercambios de mails, son perfectos para aliviar la incertidumbre frente al desconocido y, con un poco de suerte al conocerse, la persona tal vez hasta se parezca en algo a la de la foto. Es verdad que el método no excluye sorpresas, pero lo que no tiene en precisión lo tiene en cantidad. Son como pacientes pescadores que suben sus redes al bote, entre tanta variedad es posible encontrar lo que se busca.

Muy distinta es la aventura de la cita a ciegas. No tienen ni una foto, cuentan apenas con una voz en el teléfono y la recomendación de una amiga, son navegantes que zarpan sin mapa y sin rumbo.

En el encuentro, las dificultades surgen rápidamente. Para empezar, la persona nunca es la que se imaginaba, de modo que lo primero es despedirse de todo lo que se había anticipado. Luego, hay que mostrar simpatía, inteligencia, seguridad y seducción, atributos que no siempre están a mano cuando se los precisa. Aunque todavía no lo dijeron, saben que tienen algo en común: los dos están solos. Y no lo están por elección, lo están porque, tiempo antes, algo salió mal en sus vidas. Esta condición ilumina una cuestión central: el que busca, corre hacia lo nuevo mientras trata de superar lo anterior; un mismo movimiento, pero con dos sentidos simultáneos y diferentes. Por ello, inevitablemente serán mucho más que dos los que concurran a la cita: con ellos llegarán además, sus parejas anteriores, las comparaciones, los recuerdos, alguna herida vieja y la ansiedad por repararla… todo esto en el reducido espacio de una mesa de café. Zarparon sin mapa, y ahora navegan entre arrecifes.

Aún así, si logran superar los tropiezos iníciales, la conversación fluye, y de a poco, si todo sigue bien, la curiosidad y el deseo aparecen en escena. Hay algo del azar que rige estos encuentros, pero no se trata de la suerte de haber conocido a alguien, sino de que ambos hayan  coincidido (o no) en un único y preciso momento personal, ni antes ni después

No basta con estar solo ni con gustarse. Es necesaria esa indescifrable alquimia que transforma la soledad y el vacío interior en un lugar habitable y dispuesto para otro. Requiere de haber elaborado -al menos en parte- lo vivido hasta entonces… y de una cuota de valentía. La “química” no consiste en tener gustos o intereses afines, aparece cuando se genera la embriagadora ilusión de que cada uno es lo que faltaba en el otro.

Sé que así descrito, encontrar lo que se busca en una cita a ciegas parece casi un milagro. Pero, aún así, tal vez sea buena idea dejar por un rato las pantallas y los artificios inteligentes, y volver a creer en la magia.

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