Celulares ¿para todos?

Se mueven entre nosotros, nos hablan y sonríen, parecen iguales a todos pero no lo son. Tal vez hasta se reconozcan entre sí, se trata de un pequeño ejército de resistencia: son los que no usan celular.

Entre sus filas hay de todo: ermitaños y solitarios crónicos se suman a románticos, militantes del no consumismo y fundamentalistas de las libertades individuales. Ninguno de ellos es joven, son -como decía Borges- conservadores en el sentido más escéptico del término.

Percibieron algo que es cierto y lo denuncian: el celular no respeta almuerzos ni siestas, lleva sin permiso el trabajo a casa, nos inunda de fotos que no pedimos y nos recuerda -implacable- hasta las citas que preferiríamos olvidar. Dicen, con alarma, que el celular se adueña de sus dueños.

La maravilla tecnológica que logró la comunicación instantánea, trajo consigo un cambio psicológico profundo:  cambió nuestra noción interna de tiempo y distancia. Con ella, todo es ahora y cercano. Semejante borramiento de los espacios no viene solo: nos exige, por ejemplo, estar atentos y contestar con premura, revisarlo y volver a revisarlo porque todo lo que pasa, pasa por el  teléfono en nuestra vida y en el mundo. Los que tarden en contestar, parecerán descorteses, los desconectados quedarán afuera del presente, que es  como llamamos hoy a lo inmediato.

El pequeño ejército de resistencia sabe que sus días están contados, porque nadie puede escapar a las reglas del sistema en el que vive. Mientras tanto defienden sus banderas, para ellos su negativa es un orgullo, algo así como el último bastión de la autonomía.

Pero hay otro grupo que tampoco usa celular (o tiene algún modelo muy básico) por motivos bien distintos. Son los que padecen el uso de la tecnología. Las permanentes innovaciones los atropellaron y sienten cada vez más ajeno este tiempo  de procesos automáticos y pantallas digitales. Se transforman, poco a poco, en extranjeros rodeados de un idioma desconocido.

La verdad es que todos vivimos entre máquinas y dispositivos cuyo funcionamiento no comprendemos. El corazón digital que late en cada una de ellos nos es extraño, su lógica binaria no es homologable a ningún funcionamiento humano. La mayoría nos hemos resignado a esa incomodidad, aceptando en silencio que alguna magia secreta los hace funcionar. Pero otros no pueden, para ellos detrás de las pantallas asoma el abismo de lo incomprensible y la angustia los paraliza. Se parece a una fobia, pero no lo es. Es un temor aún más primario, emparentado con lo arcaico: el miedo a lo inexplicable.

Todos nosotros, los que que sobrevivimos a la adaptación, deberíamos ayudarlos.

 

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