Cuando el divorcio es una guerra

Hay muchas formas de separarse, cada pareja encuentra la suya. Pero, a veces, las cosas terminan muy mal. Denuncias, amenazas, juicios, disputas por los hijos y toda clase de desplantes forman parte de lo que podríamos llamar la patología del divorcio.

La forma en que una pareja se separa habla siempre del vínculo que tuvieron, y estos finales tormentosos son propios de las relaciones más ambivalentes. En ellas predominan los sentimientos encontrados: rivalidad, sometimiento, desestimación y formas de maltrato muchas veces silenciosas que se acumulan a lo largo de años. Las tensiones subyacentes van en aumento, hasta que cualquier hecho -muchas veces menor- pone en marcha la guerra. Y de aquí en adelante se ve cómo la necesidad de reparación narcisista encuentra una sola salida: la venganza.

Estas situaciones tienen una dinámica peligrosa en la que ambos parecen sentir la necesidad de responder a cada acto del otro. Las acciones judiciales también suelen tener este espiral ascendente y con frecuencia se termina mucho más lejos de lo planeado. El impacto sobre los hijos es enorme. Es necesario recordar una vez más, que los hijos aunque sufren en cualquier separación, toleran la pérdida de la pareja conyugal pero no la pérdida de la pareja parental. Una cosa es que papá y mamá ya no quieran estar juntos, y otra muy distinta es que se dañen entre sí. Ellos necesitan de la integridad del vínculo parental; cuando quedan obligados a participar de una guerra que no eligieron, el daño es inevitable.

El entorno suele tener en estos casos una participación compleja. Parientes y amigos con frecuencia se encolumnan de uno u otro lado ya que estas situaciones se prestan para proyectar problemáticas propias. Identificados con uno de los dos, no siempre pueden ofrecer un consejo prudente. A ellos se suman los abogados, que a veces parecen olvidar que ganar un juicio puede implicar dinamitar puentes para siempre, en una victoria a lo Pirro en la que finalmente pierden todos. Por último están los jueces, obligados a una misión imposible: administrar justicia en cuestiones de afectos.

Los contendientes tal vez se odien, pero olvidan que el odio no es lo contrario del amor. Es sólo una vicisitud del amor, lo contrario es la indiferencia. Paradójicamente el odio los mantiene unidos, en una puja cuya finalidad última es la reparación narcisista y la evitación de los duelos.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s