Ni juntos ni separado

Cuántas veces pasa. Quieren separase pero no pueden.

Sin saber si es amor, costumbre o los años juntos. Sin poder definir qué es ese algo más profundo y entrañable que se resiste a terminar, y que los lleva una y otra vez a reintentarlo, fracasar, separase y así, en un ciclo recurrente que los desgasta.

Para entenderlo, empecemos por mirar los comienzos: ¿por qué se unieron? Por muchas más razones que las evidentes: veremos que la lista es larga. Una pareja se forma por el amor, el deseo sexual, por un proyecto de familia, por soledad, por protección, por repetir a los padres o por alejarse de ellos, por ser únicos para alguien, por tener lo que no se tuvo, etc, etc. En síntesis, una  compleja trama de motivaciones adultas e infantiles, conscientes e inconscientes que interactúan entre sí y que se amalgaman haciéndose presentes simultáneamente tanto en las buenas como en las malas. Es por eso que el amor parece un misterio y el conflicto una pesadilla inexplicable: se trata del resultado de planos superpuestos, cada uno con sus propias reglas. Todas estas voces interiores cantan a coro, pero cada una entona su propia canción.

Si -como dijimos- los unieron fuerzas tan disímiles, a la hora de separarse cada una de aquellas expectativas iniciales necesitará su propio proceso de tiempo y duelo. Si una misma persona ocupó el lugar de objeto sexual, compañera de la vida, vínculo primario sustituto, reafirmación de la autoestima y todo junto y en diferente proporción, es lógico pensar que la separación duela en lugares muy diferentes. Aunque el amor ya no esté, la desilusión puede empujar una decisión pero por sí sola no alcanza para disolver esta trama.

Es necesario estar atento a esta realidad de nuestros afectos a la hora de separarse. Hay quienes intentan resolverlo a las apuradas tratando de transformar en quirúrgico un corte que inevitablemente será imperfecto. Se engañan, los duelos tienen brazos largos y siempre los alcanzan. Con esta comprensión ya no nos extraña tanto que muchas parejas estén atrapadas en esta madeja. Deberán separar sus hilos de a poco, respetándolos sin negarlos y aceptando que tal vez algunos no se corten nunca.

Una separación es duelo y renuncia, y no necesariamente una nueva relación soluciona el problema. Al no haber dos vínculos iguales, nunca uno nuevo reemplaza al anterior y siempre quedarán espacios y necesidades ligados al primero. Como fantasmas en la noche, estos lazos entrañables se harán sentir cada tanto y de su fuerza y de cómo cada persona pueda enfrentarlos, dependerá la elaboración del proceso.

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